VIDEO | La ciudad recibió 69.416 llamados al 911 en tres meses y registró una muerte violenta cada seis días
Mar del Plata, la histórica “Ciudad Feliz”, atraviesa una transformación inquietante detrás de la postal turística. Durante el primer trimestre de 2026, el sistema de emergencias procesó 69.416 llamados al 911, una cifra que equivale a un pedido de auxilio prácticamente cada dos minutos.
El dato expone una demanda creciente de asistencia y seguridad en una ciudad que ya es la quinta más poblada del país. Mientras la imagen turística intenta sostener el brillo de la “Perla del Atlántico”, las estadísticas muestran un mapa marcado por la vulnerabilidad, el delito y una sensación de desamparo cada vez más extendida.
Uno de los contrastes más fuertes aparece en la estructura local de prevención. En 2015, General Pueyrredon había creado una Policía Local con 702 aspirantes, formados bajo un programa de 1.280 horas y exámenes en la Facultad de Derecho. Aquella fuerza buscaba descongestionar a la Policía Bonaerense y permitir un mando municipal más cercano sobre la prevención.
Diez años después, el actual Cuerpo de Patrulla Municipal cuenta con apenas 70 integrantes, cerca del 10 por ciento de aquella estructura original. Además, carece de formación policial y solo 12 agentes están autorizados a portar armas no letales, lo que marca una fuerte pérdida de capacidad operativa.
El deterioro también alcanzó al análisis del delito. Con el desmantelamiento de la fuerza local, el Centro Municipal de Análisis Estratégico del Delito redujo la periodicidad de sus reportes, que pasaron de ser semanales a trimestrales. Esa demora dificulta ajustar recursos, detectar tendencias y responder con rapidez ante nuevas zonas críticas.
El indicador más duro está en la violencia letal. Mar del Plata cerró 2025 con más de 31.000 delitos registrados, un aumento del 23,4 por ciento en tres años, y el primer trimestre de 2026 profundizó la alarma con 16 homicidios dolosos. En la práctica, la ciudad pasó a registrar una muerte violenta cada seis días.
La composición de esos crímenes también muestra una escalada preocupante. De las 16 víctimas, 15 fueron hombres y una mujer, mientras que 12 casos ocurrieron en la vía pública y 10 fueron cometidos con armas de fuego. Seis muertes estuvieron vinculadas a confrontaciones y cuatro a conflictos personales, lo que revela un escenario donde disputas sociales terminan resolviéndose de manera letal en la calle.
La inseguridad cotidiana también golpea a quienes circulan por la ciudad. Los robos y hurtos en la vía pública llegaron a 1.252 casos en el trimestre, con un aumento interanual del 36,7 por ciento. La franja más crítica se ubica entre las 22 y las 00, especialmente durante los fines de semana, cuando la demanda al 911 alcanza picos de 775 llamados diarios.
A ese frente se suma el avance del delito digital. Las estafas virtuales crecieron 62,7 por ciento respecto del trimestre anterior, con 332 casos reportados. Así, el vecino queda expuesto a una doble amenaza: el riesgo en la calle y la vulnerabilidad dentro de su propio teléfono.
La respuesta municipal apostó por la tecnología, con cámaras de inteligencia artificial instaladas en puntos neurálgicos como Colón y Mitre. El objetivo es mejorar la identificación de vehículos y personas, pero la sofisticación del sistema convive con modalidades delictivas violentas y tradicionales.
El robo automotor marca esa contradicción. Durante el primer trimestre de 2026 se registraron 655 casos, la cifra más alta para ese período desde 2015. Además, el 44 por ciento de los robos de vehículos del último año se produjo mediante violencia física contra los conductores.
La situación abre un interrogante sobre el impacto real de la videovigilancia. En un contexto donde el delito no siempre se frena ante la posibilidad de ser registrado, las cámaras parecen funcionar más como herramienta de diagnóstico posterior que como mecanismo efectivo de prevención.
El escenario también expone una tensión en la gestión local. Mientras el Municipio destina recursos propios al combustible, mantenimiento de edificios y reparación de patrulleros de la Policía Bonaerense, sus propias herramientas de prevención se redujeron drásticamente.
La ciudad pasó de contar con una Escuela Municipal de Seguridad y una fuerza de proximidad a depender cada vez más de una estructura provincial que absorbe recursos locales sin traducirse en mayores niveles de tranquilidad. En ese marco, la prevención parece haber sido reemplazada por el monitoreo de hechos consumados.
Si Mar del Plata registra los niveles más altos de robo automotor en una década, más homicidios en menos tiempo y una demanda sostenida al 911, la discusión ya no puede limitarse a sumar cámaras. La pregunta de fondo es si la ciudad está invirtiendo en protección real o si apenas está perfeccionando la forma de registrar el deterioro.








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