VIDEO | Un municipal se hizo el indignado en la TV, pero lo vinculan a un robo en el Natatorio Panamericano
En la TV, Agustín López Ozornio se mandó la frase fácil: que “hay que irse a Brasil”. La típica reflexión de indignado, como si fuera un ciudadano cualquiera que está harto de todo y no le queda otra que hacer las valijas. Suena prolijo, suena dramático, suena a “me cansé”. Pero cuando bajás el volumen del estudio y mirás el expediente real, la frase empieza a oler a actuación.
Porque según el relato que circula dentro del EMDeR, el mismo López Ozornio es señalado como obrero de la cuadrilla y como la persona que le robó en el guardabolso del Natatorio Panamericano a una profesora que también trabaja en el ente. Y no es un comentario al voleo: se afirma que hay denuncia radicada en la Comisaría 16.
Ahí aparece la primera contradicción gigante: ¿irse a Brasil con cuál? ¿Con la bronca o con la plata? Porque lo que en televisión quiso vender como “crisis y futuro”, en los pasillos se cuenta como algo mucho más simple: alguien que se hace el moralista frente a cámara, pero que estaría hasta el cuello de problemas cuando se apagan las luces.
Y si el tema fuera solo un robo, ya sería grave. Pero en esta historia la hipocresía se vuelve escandalosa por el combo completo: aseguran que con apenas dos años de antigüedad le habrían dado reencasillamiento, el tipo de premio que al empleado común le tarda años, trámites y paciencia infinita. Claro, salvo que seas “especial”.
Según lo que se denuncia informalmente, su protección venía de arriba: lo señalan como “el más protegido” de Ezequiel Miranda (capataz general) y, todavía más, de Martín Rosales (director general de Infra, puesto político). Y en el mismo paquete aparece otro detalle que en cualquier lugar normal sería un escándalo: le habrían dado el aval para ocupar la casa del patinódromo por ser “de suma confianza”, aunque, según remarcan, nunca se desarrolló como casero.
O sea: en la tele se muestra como víctima del país… pero en la vida real lo pintan como el beneficiario perfecto del Estado. El que entra por confianza, escala rápido y, si aparece un problema, el sistema lo cubre con una frazada.
Además, se lo menciona también como alguien que amenazaba a compañeros, con conocimiento de esas mismas autoridades, y que, siempre según este relato, nadie hizo nada. No porque no se supiera, sino porque en esa lógica “kirchnerista” de aparato, el que está acomodado no cae: se lo aguanta, se lo protege y se lo justifica.
Y el final directamente parece chiste negro: además de la denuncia, se afirma que llamaba a la víctima ofreciéndole el auto y plata para que le levante la denuncia. Entonces la frase televisiva de “irse a Brasil” queda completamente desnuda: no es desesperación, es cinismo. No es un tipo que “no aguanta más”, es uno que, según lo que cuentan, hizo de la impunidad una forma de vida.
Porque el kirchnerismo siempre tuvo ese talento: convertir el Estado en escenario. Y a algunos les sale tan bien que hacen doble función: una cara de indignación para la cámara y otra de “acá no pasa nada” para adentro.








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